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LAS FANTASÍAS DE KATALINA

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La estrella matinal destinada a brillar.

  • Foto del escritor: Laura Katalina Cortés Salazar
    Laura Katalina Cortés Salazar
  • 29 mar 2023
  • 26 Min. de lectura

Laura K Cortés.


Mil y una repeticiones de lo que es el destino

 

 

La ciudad; llena de los fantasmas del ayer, que bailan sin cesar esperando, entre sueños de albores que le dan la vitalidad a todo lo que representa. Ciudad cuya sombra me hace renacer, entre opulentas obras de arte, en donde encuentro la singularidad de una época que no es la mía. 

Esto era lo que pensaba recostada sobre la cúpula del Palacio Vecchio. Desde allí podía ver los techos de algunas casas, la actividad en la plaza a las cinco de la mañana, El Puente de la Santa Trinidad, al igual que muchos demonios que se escondían o se transformaban para seguir entre los humanos.

Cuando el sol alcanzó el punto más alto en la mañana, me levanté y extendí mis alas, que a la luz parecían más parte de la noche que del día, una sombra vespertina. Un sueño recordado durante el día. En menos de lo que esperaba ya me había elevado y tomado mi camino hacia casa. En pocos minutos me hallé en mi habitación.

Me dejé caer sobre la cama recordando mis deberes escolares, tenía todas las tareas sin hacer. Abrí la puerta algunos minutos después, la hora del desayuno ya había pasado y mamá no se había asomado para recordarme la hora y regañarme. Mejor para mí.

Volví a recostarme en mi cama, me quedé dormida en medio de un sueño reparador, la noche anterior no había dormido mucho. Mi descanso fue interrumpido abruptamente por una conversación algo subida de tono. Parecía ser algo serio y era extraño, solo unas pocas veces me habían regañado en casa y nunca había sido en ese tono tan frío. Me levanté y me dispuse detrás de una de las paredes principales a escuchar lo que sucedía.

—Lucifer, ya sabes que es momento de decirle la verdad. Catharina es una híbrida y nunca ha sido consciente de ello, no es justo seguirle escondiendo esto. 

¿Qué? Esto estaba siendo algo más que extraño, yo soy una demonia ¿verdad?

—Espera Lilith, espera. No podemos arrojarle información como esta saliendo de la nada. Sabes muy bien que Dios le tiene planes. 

Me sentía aterrada y confundida, sus palabras me hacían sentir que no me conocía en absoluto.

—Asmodeus puede ayudarnos, no podemos esperar más. —Mamá parecía decidida a contarme la verdad y eso me gustaba, pero a la vez me aterraba el conocer quién era yo en realidad —. Tiene que saber, podremos ayudarle con sus poderes, pero no esperemos más.

Este secreto me hacía sentir que todos conocían sobre mí, pero que yo jamás sería la indicada para hacerlo.

Pasos se escucharon entrando a la estancia, sentí a quien había entrado por medio de su aura, aquello me hizo sentir rabia, él también lo sabía.

—Bienvenido Asmodeus, te estábamos esperando. Me asomé un momento y pude observar a mi mejor amigo tan relajado ante ellos, como si ya supiera el resultado de esto. Traidor.

—Gracias por la bienvenida a tan ameno espacio, ya saben que quiero ayudarla y puedo hacerlo, pero… —Noté un poco de ironía y también algo de su usual misterio en la forma en que hablaba, igual que cuando hacía negocios—. Todo tiene su precio.

  —Tienes la confianza para pedir lo que sea. —En este momento me sentía en medio de uno de sus tratos. Conocía muy bien a Asmodeus y lo que pediría no sería cualquier cosa.

—La quiero a ella. La quiero como mi esposa. —Aquellas solemnes palabras dejaron a la habitación en silencio junto a mis pensamientos sobre lo que acaba de pedir. Sus palabras parecían sinceras a pesar del momento y es que podría incluso estar enamorado de mí y saber ocultarlo, era un ser muy misterioso cuando se lo proponía.

—Parece que es lo que más quieres… —El tono de papá me erizó los vellos del cuerpo, tragué en seco—. Te diré que sí, no sé qué dirá mi esposa. 

—Te digo que sí, pero Catharina tiene la última palabra y es muy probable que diga que no.

—Tengo mis tácticas. —Joder, le conocía muy bien y sabía cómo hacerme cooperar con los planes que creaba y sus trucos baratos ante los humanos al igual que con sus ojos de gato, marca especial que poseía como demonio.

  Ya era hora de aparecer.

—Veo que están decidiendo mi futuro. Sin tenerme en cuenta, claro está —Los miré furibunda a los tres, me recosté en la columna donde estaba antes esperando que dijeran algo—. Parece que ya es hora de que me cuenten la verdad. 

—Catharina… yo lo siento tanto, no sabía cómo decírtelo. —Mamá sí se arrepentía, los demás estaban tensos y nerviosos. Les dediqué una mirada que les aplacó.

—Ya, hora de acabar con la farsa. Tú no eres totalmente un demonio y menos humana, es algo difícil de explicar —Suspiré antes de dedicarle otra mirada de advertencia a papá—. Bueno, ya comenzaré. Hace muchos años el arcángel Gabriel tuvo una visión en la que veía todo destrozado por las figuras que no se convirtieron en demonios al caer… Aquellos llamados Nefilims. Desde allí el padre de todo, tu abuelo, decidió que debía prevenir que todo se destrozara e hizo un pacto con nosotros, de allí vienes tú. Eres una hibrida entre ángel, demonio y humana, tienes la parte humana de tu madre, mi parte angelical y nuestra parte demoniaca juntas.

Nadie dijo nada después de aquella intervención. Menos yo. Solo pensaba en lo que me habían escondido durante toda mi vida y que aspiraba a tener una vida normal sin sacrificar humanos, sin tener que andar buscando pactos. Ahora veía que tenía incluso más dificultades para poder ser normal. Que patético.

Necesitaba tiempo para poder digerir y planear un nuevo futuro.

Un futuro lleno de esperanza.

Un futuro nada complicado.

Un futuro lleno de felicidad.

Un futuro donde nada fuera destruido.

—As… no voy a aceptarte como mi esposo, no ahora. Debes ganarte mi mano, ahora no puedo decirte que sí, para mi eres mí mejor amigo…

 

No les dejé hablar y salí de la estancia a buscar mi mochila e irme a estudiar, necesitaba despejarme.

A pesar de haber salido de allí, la tensión de mi cuerpo no se detenía, las ganas de gritar me llenaron. Me escondí en el baño de una estación del bus y esperé a que nadie estuviese para comenzar a gritar y sollozar. 

¿Ahora qué debía hacer?

Las puertas del cielo son abiertas.

 

Desde aquel día no pude descansar. Me encontraba pensativa, preocupada por todo lo que me había sido revelado a la fuerza; llevada por el caos que una chispa (que podía tornarse en fuego) había provocado al manifestarse en mi plato de comida hace más de dos semanas.

Mis padres se alegraron, naturalmente, mis poderes estaban floreciendo. Yo en cambio, me asusté. Sentía de nuevo que no me conocía y lo detestaba.

Me detestaba.

Quería que todo volviese a la normalidad, a tener la libertad entre mis manos, a tener más respuestas que preguntas, a no tener miedo. A no tener aquellos pensamientos rondando por mi cabeza, con la certeza de que podría hacerle daño a mi familia o a mis allegados en algún momento.

Esto era un desastre.

—Cath, te estoy hablando —La voz de papá se escuchaba lejana, como si de una ensoñación se tratara. Comenzaba a temerme que la locura estuviera ligada a la falta de sueño. Me apretó el pulgar en búsqueda de atención.

—Déjala, se le nota en la mirada que no ha dormido en días. — Mamá apenas mencionó con un ligero reproche hacia mí.

—Por eso mismo, Lil, necesito que me preste atención para poder ayudarla, ¡pero ella se empeña en meterse en sus fantasías estúpidas! —Su voz aumentaba de tono, tornándose en un regaño que yo no estaba dispuesta a escuchar. No estaba de humor. 

—Te escucho. Deja de desesperarte, padre. —Mis palabras no hicieron más que avivar su rabia y desesperación, llegando al límite de querer castigarme.

—¡Una sola palabra Catharina Lucifer y estás castigada! —Lo sabía—. Tienes que dormir, no me importan tus excusas. No has querido cooperar y no estoy dispuesto a aguantar más de tus pataletas infantiles. ¡He dicho! Vas a entrenar. Mi única respuesta fue levantarme de la mesa y salir del comedor en pleno desayuno. Conocía de primera mano la clase de problemas que habría cuando regresara, y no me interesaba en lo absoluto.

Con un andar fluido salí del edificio donde residía. Me centré en la búsqueda de un lugar cálido y callado; era mi momento de paz y armonía en medio de la tormenta que estaba tomando rumbo en mi vida. Sin pensarlo, mis pies me llevaron frente a la entrada de una iglesia.

 

Encontrad la paz quienes estáis cansados y agobiados.

 

Vaya… buena reflexión, pensaba al traspasar aquella inscripción a la entrada de la iglesia, lugar importante para los creyentes. Pero no para mí; solo era el lugar al que podía entrar sin preocuparme de ser seguida, los demonios no podían entrar. Se exponían a una muerte instantánea. Aunque entrar me generaba dolor de cabeza.

Me senté en la última banca (donde sabía que nadie me prestaría atención) y comencé a pensar en mi situación. Mirando la imagen de Jesús en la cruz, un irrefrenable deseo de gritar se apoderó de mí corazón. Era injusto, realmente injusto.

 —¿¡Por qué!? ¿Por qué tenías que crearme así!? —Nadie parecía percatarse de mis gritos, estaba sola—. ¡Yo solo quiero una vida normal! Mi familia, mis amigos, no estúpidos acuerdos, profecías y demás.

Mis reclamos no cesaron por algún tiempo, quería que el ser supremo supiera que tenía toda la culpa, tenía que asumir las consecuencias.

Cerré los ojos, una paz extraña me llenó de repente y olvidé porqué estaba gritando.

Me sentí ligera, como una pluma en el viento que le mueve sin pensarlo y abrí los ojos.

A mi alrededor solo veía nubes de diversos colores, puertas doradas, todo era una alegoría a la paz de la que tanto relataban en las escrituras del ser que me hizo ser lo que soy.

—¡Gabi regresaste al cielo! —Alguien me abrazó y me quedé congelada hasta que su voz se volvió a escuchar—. Bienvenido al cielo.

 

¿¡DÓNDE RAYOS ESTABA!?

Nada más que los ángeles.


Luego de que pude darme cuenta de que ya no estaba en la iglesia me derrumbé, me sentía perdida, asustada, molesta. Solo esperaba que de alguna manera esto se solucionara lo más rápido posible y así volver a casa.

—Oye… ¿puedes prestarme atención? —La dulce voz de la ángel me sacó de mis pensamientos, asentí sin mostrarle expresión alguna y me dejé caer en lo que parecía ser una nube.

—Bueno… mi nombre es Sandalphone y soy un ángel— No me digas, tus alas lo muestran—. Soy una de las que está en servicio, tú debes ser uno de nosotros o no podrías subir.

No sabía cómo explicarle mi condición, si lo hacía probablemente desataría el caos en el cielo, el lugar que según todos debía estar en paz y no reflejando el caos del que se deshicieron muchos siglos atrás con la caída de mi padre y la transformación de mi madre a lo que son actualmente. Me quedé callada reflexionando sobre ello.

Otro ángel apareció en escena y saludó a la chica, yo seguía sin decir nada. Escuché un “vamos a dar un paseo” y me dejé llevar.

Desde ese momento solo fui consciente de que me llevaban por nubes que al acercarse mostraban las jerarquías del cielo, ciudades gigantescas y futuristas llenas de un fulgor impresionante que me parecía demasiado. Apenas podía captar las voces de estos dos que parecían buscar algo con urgencia y así fue cuando llegamos a aquellas puertas doradas.

—Tienes que hablar con él, estuvo esperando toda tu vida que acudieras, pero tuvo que traerte. —No sabía qué decirle en realidad, las preguntas me abundaban y en ningún lado parecía encontrar las respuestas. Las puertas se abrieron y de un empujón me dejaron adentro. Vaya que querían deshacerse de mí. Me quedé allí parada como una idiota hasta que una cálida voz me hizo avanzar.


—Por fin puedo verte aquí, Catharina. —Su voz parecía la réplica de una canción de cuna, me hacía sentirme relajada, tanto como si tuviera sueño. Solo asentí y me quedé allí parada.


—Bueno yo no tenía plan de venir a verlo, solo sé que debo volver a casa y aceptar el regaño de mis padres. —A este ritmo no sería tan solo un regaño, sería un castigo del que no me libraría, no podría salir y menos seguir con el violín. Sabían a donde atacar.


  • Lo sé, tu padre estaba esperando el momento en que debía decirte las cosas al igual que el despertar de tus poderes angelicales, lo cual puedo notar quieren brotar. — ¿Quién era él? Parecía conocerme muy bien, aunque me dejaba sin respuestas de mi actual situación.


Se paseó con lentitud a mi alrededor con la mano extendida, me sentía incómoda con aquel movimiento, parecía ser capaz de llamar a una chispa que podría estar escondida en mi interior y yo no estaba dispuesta a dejarla salir; su mano rozó mi espalda y cerré los ojos mientras los temblores se apoderaban de mi cuerpo en un frenesí de sensaciones que pasaban de euforia a pérdida en segundos, que decir segundos, eran nanosegundos. Nanosegundos que cambiaban la perspectiva en nada, eran sensaciones tan contradictorias que no pude evitarlas, creaban y destrozaban mi cuerpo al momento en que despertaban a mi piel, era agotador.

  • Un poco más… eso es. —Sentí como si mi alma fuese a salir del cuerpo, parecía que aquel poder que tenía preso en mi interior pugnaba por salir. Yo no era nada contra ese poder, me estaba ganando, era una carrera contra una parte de mi que quería derrumbarme, hacerme entrar en colapso para nunca regresar a lo anterior.


Y mi alma rompió en pedazos.


Sentí como caía, caía en un abismo sin fondo y el terror me llenaba, ¡no deseaba morir! Traté de llamar al hombre de la voz cálida y no lo logré, a cada momento sentía como las sombras me engullían de repente, tan solo dejando la nariz a la vista para poder respirar aún sabiendo que la desesperación me ahogaba sin cesar.


  • ¡SAQUENME DE AQUÍ! —Grité tratando de que alguien me ayudara, solo unas voces en un idioma extraño se distinguían con terror, con mucho más que un terror pequeño, como un terror que podría destrozar la existencia misma.


Sentí como algo en mi espalda salió y se abrió, como si fuera un par de cuernos o brazos extraños que nacían, pero no se movían o eran rígidos como pensaba. Abrí los ojos y noté que ya no estaba donde anteriormente había comenzado la extraña danza de roces y de lucha entre mi parte oculta y la parte que siempre salía a la luz. EL viento me rozó la cara y observé a mi alrededor, estaba volando.


Abrí la boca estupefacta, no había notado que estaba en los aires y menos como lo había logrado, mis alas no se habían abierto o eso era lo que pensaba. Al observar mi espalda pude encontrar que ya no tenía un par de alas, tenía tres pares de alas. 

No me lo podía creer.


  • ¿¡Por qué tengo tres pares de alas!? —Por un lado me sentía bien con ellas, pero por el otro sentía que con aquellas alas me estaba convirtiendo en algo que ya no reconocía, me estaba convirtiendo en un monstruo.


Las alas dejaron de batir y me ví cayendo al suelo o las nubes mejor dicho, al caer no me acomodé y mi cara recibió todo el impacto, la nariz me sangraba. En ese momento el hombre de voz cálida decidió aparecer, parecía complacido, pero también levemente risueño por la situación en la que me encontraba, debería irse a la mierda.


  • Esto apenas es el comienzo Catharina. —Me quedé estupefacta, sus palabras parecían ser de advertencia o para que le prestase atención y esto no pintaba nada bien. — Tienes que aprender a respetar, vamos a comenzar por la presentación. Mi nombre es Dios, tu abuelo.


No pude decirle nada, no me esperaba que saliera con aquella confesión. Había hecho mal en la manera como lo había tratado y ahora estaba arrepentida. Me arrodillé frente a él esperando su perdón, me hizo levantarme negando.


  • No es necesario, sé que tu tono no fue el mejor, pero hay que perdonar, es la mejor manera para poder avanzar, no podemos pretender quedarnos en el odio estancados.

Me agarró de la mano y reanudó el paso, en el camino mis heridas fueron cerrando y pude esta vez observar de primera mano el cielo. A cada paso que daba observaba las formas delicadas y bonitas de cada edificio, parecía una mezcla de ciudad de cristales junto con algo renacentista, un aire contemporáneo que te absorbía para no dejarte salir. Todo era maravilloso.

Nos detuvimos frente a unas puertas de hierro, detrás de estas se escuchaban gritos y exclamaciones ahogadas al igual que el sonido del hierro al rozarse entre ellos, por el sonido pude decir que era el lugar de entrenamiento, pero sería cuando entrara que lo podría ver y confirmar

Las puertas se abrieron, parecía que las puertas reaccionaban a la gente que cruzaba o tenía intenciones de cruzar, tal y como si fuera la puerta de un centro comercial, pensaba que el cielo no se parecería a la tierra en nada pero me había equivocado. Mis pensamientos desparecieron con el sonido que ahora se escuchaba más alto e irritante, sonido que deseaba desapareciera tan rápido como llegó.


  • Catharina, acércate. —Me acerqué sin soltar palabra y me quedé a su lado. Estabamos en una sala de entrenamiento por lo que se veía pero también me recordaba a los juegos del hambre cuando los estaban calificando, clasificando para morir en la arena.


  • Padre. — Una voz clara y ronca se escuchó cerca de donde estábamos, un ángel alto y musculoso apareció en mi rango de visión, no parecía muy feliz de verme al lado de su “padre” y trató de no mostrarlo tan fácil, pero yo lo noté. Hizo una reverencia y le besó la mano, que asco.


  • Raguel, buenos días. — No era una persona muy expresiva llegué a concluir, pero para sus hijos les parecía el mejor acto de amor. Yo no estaría tan agradecida por aquellas actitudes es más, estuviera reprochando el deje de sentimiento que poseía, le hubiera gritado y habría comenzado una pelea con él, solo buscando que dejara de ser tan frío.


  • No esperaba tenerte como invitado el día de hoy, ¿puedes contarme a que se debe esta inesperada sorpresa? —Lamebotas. La única definición que cruzó por mi mente debido a su comportamiento, quería la aprobación o la alabanza que podría proveerle, pero de esa manera dudaba que la consiguiera.


  • Te traigo una nueva subordinada, necesita entrenamiento urgentemente. — Me señaló y le miré mal, no me importaba si era mi abuelo o quien quiera que quisiera ser para que tuviera que obligarme a hacer lo que quería, yo solo había llegado por un error. Negué mientras me apartaba.


  • No. Mi respuesta es no. ¡YO NO HE VENIDO A ENTRENAR! ¡SOLO QUIERO REGRESAR A MI CASA! — Grité de manera repentina ante lo que estaban diciendo, llamando la atención de todos que ahora me miraban con curiosidad, yo no era parte de ellos. Miré al que se supone era Dios de manera despectiva, esperaba que mi mirada pudiera hacerlo callar y acceder a dejarme ir. Mis planes eran simples.


  • ¡callada ahora! —Le seguí mirando con fuego en los ojos, abrí la boca y traté de hablarle de nuevo, mis cuerdas vocales no emitían sonido alguno y apreté los puños a mis costados, me hallaba desesperada, rabiosa y furiosa tanto como para sentir las chispas en mis puños a punto de salir. Me mordí los labios.


  • La tienes ahí Raguel, necesita entrenamiento y disciplina. — El ángel solo asintió y yo volví a negar, tendría que usar medidas desesperadas para salir de aquí. Abrí los puños y cerré los ojos pensando en el fuego del infierno siendo expulsado por mis manos a una velocidad muy alta y una intensidad que podría dejar calcinado a un grupo de 70 humanos, a continuación escuché los gritos de asombro y terror, sabía que tendría que dejarme ir.


  • Catharina deja de usar tus poderes demoniacos ahora. — Su voz bajó de tono a un tono más amenazante, no me importó y con mi fuerza demoniaca atrapé al condenado ángel que buscaba que hiciera caso, frente a Dios le sonreí con sarcasmo esperando su decisión y aparecí la daga de los castigos, podría hacerle un daño considerable al teniente de su ejército si ya no accedía.


  • Catharina. ¡YA NO MÁS! ¡CADENA DE CONTENCIÓN DE DEMONIOS! FORMACIÓN 1000. —Sonreí con dulzura pero en realidad era con maldad, le acesté un golpe con la daga al ángel que tenía retenido, le dejé caer y me alejé de su grupo. 


En un abrir y cerrar de ojos me noté rodeada por una legión de ángeles, cada uno con escudos y lanzas en las manos, aquello no sería nada para mí. Dejé que mis alas de demonio se abrieran ante el rayo de santa luz que había emergido hacia mí, el rayo penetró en las alas pero se quedó en las puntas doradas de estas, podría usarlas más adelante como una táctica más efectiva, un poco de su propia medicina. 

  • ¡por el poder de la caída los sentencio a vivir entre las sombras, atados a las nubes! —El más poderoso de mis hechizos fue lanzado haciendo que una burbuja apareciera y a los ángeles más cercanos encadenara dentro de ella sin poder moverse, un jadeo imperceptible se escapa de mis labios.

  • Por el poder de Dios, yo el príncipe de la milicia te atraparé.



Mi corazón cayó en las turbias aguas que se manifestaban frente 

a mi, tenía mucha sed de ellas y me dejé caer allí gritando “aleluya”, “Aleluya”.


Busca en lo profundo de tu corazón

Desde mi llegada al cielo un montón de posibilidades se abrieron, de cierta manera era aterrador.

Siempre había pensado que el cielo era un lugar aterrador, esto no era por nada. En el infierno despotricaban de este y a los más pequeños les infundían el miedo de que les harían daño. Yo no fui la excepción.

Cuando fui enviada al cielo por un error, no pude seguir conteniendo la tormenta y exploté sin pensar en las consecuencias. Ello desencadenó que fuese herida por una espada contra demonios y quedara inconsciente algunos días; la mirada atemorizada de todos los ángeles se me quedó prendada y ese hecho me ha hecho tenerme miedo.

Ahora… Me quedaba lejos de todos y le prestaba atención a la clase: “¿Cómo controlar tus poderes? La clase para ángeles jóvenes o reencarnados.

Desde el día en que desperté, me han tenido en diversidad de clases, tal y como en mi hogar, aún desconozco el objetivo de esto más allá del cono cimiento.

No podía evitar estar alerta.

—Para manejar nuestros poderes, hay que tener una mente clara, saludable y libre de miedo. Como si fuese tan fácil. Para ellos todo era así, solo era decir y hacerlo, me molestaba.

Un rato después la campana sonó, con ello quedamos libres, aunque realmente yo no lo estaba.

Siendo la última en salir, pude notar que nadie me esperaba, no me importaba mucho. Para tener que aguantar las miradas afiladas de mis guardaespaldas prefería estar sola.

Comencé a caminar sin rumbo fijo, alejándome de la ciudadela. Necesitaba un poco más de soledad.

Me encontré siguiendo las exquisitas notas de un violín hasta la única fuente del cielo, allí comencé a buscar el origen del sonido hasta hallarlo.

Una bella mujer se inclinaba tocando una melodía desconocida, acompañada del sonido de agua cristalina en movimiento. Me senté a su lado.

Por primera vez me sentí en casa.

Con los ojos cerrados me dejé llevar por la melodía y la sensación de paz que desvanecía los malos sentimientos y traía consigo la añoranza de casa…

Al acabar la pieza abrí los ojos, observé su rostro sereno y le sonreí, me devolvió el gesto y mi agradecimiento creció

—Gracias por la bella interpretación.

—No es necesario, la música alegra a los corazones tristes. Parecía conocerme, no le había contado nada y ya sabía sobre la tristeza que albergaba, no me mostraba cautelosa ahora. 

—Puedes abrirte conmigo Luci… deja el miedo a un lado. Me intrigaba la manera en que adivinaba lo que sentía, me acerqué a ella con el corazón en la mano y un nudo en la garganta como veces anteriores me sucedía.

—Te… ¡tengo miedo de hacerle daño a los demás! ¡tengo miedo de ser un monstruo!

Ya, ya estaba. Lo había dicho.

Las lágrimas salieron con la misma facilidad con que el agua de la fuente corría, unos dedos decidieron limpiar cada una de ellas, el calor de sus dedos me llenó. Era aquel calor de madre que te consolaba sin pensárselo una sola vez.

—Tengo miedo de lo que soy, no soy capaz de reconocerme. Me abrazó y procedió a acariciarme el cabello con ternura, me dejaba desahogar mis miedos, mis rencores y lo que me recriminaba. Me quedé vacía sobre su cuerpo al compás de los latidos de su corazón.

—No hay que temer a lo desconocido, ello es la clave del cambio. Tienes que creer en el cambio. Suspiré, no era fácil hacerlo, pero tampoco lo intentaba. Ese era realmente mi problema.

—Puede que ahora te llene el miedo, pero ten en cuenta que existen muchas personas dispuesta a ayudar a que mejores, te han lastimado eso lo sé, pero dale un respiro a tu corazón.

Asentí mientras le observaba, trataba de llevar una vida tan agitada y rápida como lo era mi familia, eso llevaba a las consecuencias: mis límites.

—Aquí todos me detestan, será imposible hallar aliados.

—Es mentira, te has dejado llevar de la imagen que tienes de ti, tu miedo te aleja. Piensa en otra cosa y verás que todo es diferente. Cerré los ojos tomando la idea, salir de la zona de confort. Nunca me había planteado hacerlo, podía salir bien y podía salir mal.

—sin querer has dado el primer paso, estás hablando conmigo. Me separó de sus brazos y me hizo mirarle a los ojos, una pizca de seriedad se asomaba en estos, su mano se traslada a mi frente.

—Solo déjate llevar. Tienes muchas posibilidades…

La serenidad era la clave, estaba segura. Necesitaba tiempo, pero lo intentaría.  



Fortaleza es ideal. 

El tiempo parecía no transcurrir al estar con la mujer, podía contarle lo que se me ocurriera, como si fuera una versión no juzgante y prestante de atención de mi propia madre. Esto lo agradecía.

—Te sucede algo más, eso puedo notar. Volvía asentir, a pesar de tener las fuerzas para cambiar las cosas me faltaba algo más, pero no sabía mucho sobre esto, solo sentía que odiaba a todos aquí, a excepción de la mujer claro está.

—esos sentimientos negativos no te dejarán avanzar, el odio es el principal motor de las desgracias, recuerda a Caín y Abel. Entonces eso podía ser, pero ¿Cómo podía perdonar?

—Es un proceso que no se da rápido, pero cuando dejas los pensamientos llenos de odio puedes ver el mundo desde otra perspectiva, no todos son buenos o malos.

—Usted es la única persona que me gusta de aquí, a los demás los detesto, les tengo miedo. Los ángeles son malvados. Suspiró.

—Me obligas a hacer esto. Me tomó de la mano más fuerte antes de comenzar a mostrarme la vida de los ángeles, a excepción de unos pocos, todos pensaban lo mismo de los demonios, pero había uno en especial que pensaba que no eran terribles, que podían ser como lo era yo…

Era extraño.

Regresamos a la fuente y no pude decirle nada, esa chica me había dejado con muchas dudas y las ideas preconcebidas bailando en mi cabeza, todo era muy confuso.

—Puede que sea difícil, pero recuerda mis palabras, todos no son buenos ni malos. Con eso me dejó ir devuelta a mi habitación.

En el camino algunos ángeles se me quedaron mirando, no de la manera en que antes lo hacían (con odio y repulsión) sino con sonrisas que desvelaban ternura. Desde donde me hallaba podía sentir que estaban cansados y también felices, nunca había reparado en que podía hacer eso o podía estar imaginando el sentir sus emociones.

—Buenas noches compañera, que descanse bien. Asentí sonriendo mientras me alejaba y gritaba un “igualmente” entre la tenue oscuridad que cubría al cielo y seguía el camino.

Al regresar, me acosté sobre la cama sin cambiarme, mis pensamientos seguían el rumbo de aquella mujer misteriosa: tenía que perdonar. Sabía cómo hacerlo.

Los días pasaron y con ello mis pensamientos al estar alrededor de todos los ángeles. Con ello descubrí que mis pensamientos negativos me impedían manejar mis poderes correctamente y que ahora lo lograba. A excepción de que sentía mucho a las personas allí. Nunca buscaba sentir lo de todos, pero venía a mí.

—¡Oye Catharina! Me di la vuelta para ver a serafín allí, estaba algo enfadado y agotado, me acerqué al farol en el que estaba apoyado y sonreí.

—Serafín, pareces cansado loco inventor. Me agarró del brazo y me llevó devuelta a su taller en donde volví a ver una cosa maltrecha, parecía que había sido calcinada.

—A mi maestro le molestó lo que hice con su perrocicleta. Sin decirle nada lo abracé, la forma en cómo se sentía no me era ajena, mis padres en algunas ocasiones se comportaban de la misma manera y despreciaban lo que hacía.

—A mí me gusta, puedes hacer muchas cosas eres el mejor.

Me mantuve allí con él. Se quedó dormido con una sonrisa, le dejé en el sofá del taller y le sentí mejor que antes. Me gustaba consolar a las personas o más bien a los ángeles, creo que era un don, que ayudaba a que todos volvieran a ser felices.

Manantial de corazón.


—¡Y uno, dos y tres!

El sonido del pito se escuchó y comencé a correr, estaba en clase, entrenamiento. Recién me había incorporado y ya no era raro, me gustaba. Estaban probando mi resistencia para determinar en qué grupo me pondrían, aquí no solo se enfocaban en hacer florecer los poderes de todos y su manejo sino también en la fuerza, era indispensable.

Seguí corriendo con todas mis fuerzas hasta que se me indicó, cansada me detuve frente al entrenador Raguel que me miraba asombrado luego de las 14 pruebas a las que me habían sometido.

—Primer escuadrón, Miguel lo lidera. Asiento y lo siguiente que menciona es que hoy en el escuadrón no había entrenamiento debido a que el capitán estaba en otros asuntos.

Dejé mis cosas en la habitación y volví con Serafín como casi todos los días luego de la clase. Al llegar al taller noté que estaba muy feliz y nervioso, pero quería saber por qué, me quedé frente a la puerta del despacho esperando a que me abriera.

—Loco ábreme la puerta. Al segundo ya me encontraba dentro del despacho, observando que todo ahora estaba organizado y mi amigo estaba en traje.

—Parece que algo pasará, una reunión. Asintió y me dejó sentar con la advertencia de que no tocara nada.

—Si, hoy mi maestro vendrá a revisar mis instrumentos y el resultado final de lo que hemos hecho. Ya entendía su felicidad, eso me gustaba y quería mantenerlo así.

—Por fin se dará cuenta de que haces excelentes diseños, no mereces que te desprecie.

—Lo sé, pero mi maestro siempre querrá lo mejor de su alumno.

Nos quedamos un rato hablando de todo y nada a la vez, un momento perfecto, como cuando nos quedábamos despiertos hasta el siguiente día y le ayudaba con sus inventos, momentos perfectos.

Con los ojos cerrado sentí una soledad muy fuerte, tanto que me hacía doler el corazón, venía de un lugar cercano. Debía dejarlo ir.

—¿De nuevo? Asentí. Serafín al igual que la maestra de la clase para manejo de poderes conocía de la sensación. Era un poder especial, no se enfocaba en curar físicamente sino al corazón. No podía controlar las fluctuaciones de mi poder, los sentimientos y emociones de los demás me llegaban a cada momento y la necesidad de ayudar. Este talento se asemejaba a lo que aquella mujer misteriosa había hecho conmigo. Era un don que casi nadie tenía.

—Sé que es molesto, pero es el llamado de tu corazón, quizá con ello hasta puedas curar a tu padre. Una de las ideas de Serafín siempre había sido curar a mi padre, no dudaba en que estuviese herido por lo ocurrido hace eones, pero yo no lo creía necesario papá sabía cómo desahogarse.

Pasaron algunas horas y al sonar la puerta del despacho creé un portal, le di la buena suerte a Serafín antes de desaparecer. El mentor o maestro de Serafín era un ángel muy malhumorado que resultaba ser mi nuevo entrenador (y que todavía tenía reparos conmigo) y no deseaba molestar su presentación.

Me quedé en mi habitación esperando respuestas por partes de Serafín, estas llegaron muy tarde en la madrugada. Me contó sobre la reunión, le había ido bien, además me mencionó que su maestro estaba algo decaído y le preocupaba. Al responder traté de hacerle desistir de su preocupación diciéndole que quizá estaba cansado.

Con la respuesta ya hecha traté de dormir, pero el corazón volvió a dolerme y la sensación de que había alguien muy solo afuera y mal. Cerré los ojos y dejé que me llevara hasta el lugar sin poder tolerar por más tiempo la sensación. Me quedé lejos aguardando el momento para poder aparecer, en silencio esperé que terminara de desahogarse entre gritos.

—¡TODO ES MI CULPA! NUNCA PUDE MATARLO Y SIGUE GENERANDO CAOS, MALDITO LUZBEL.

Escuché el nombre de mi padre y suspiré, conocía la historia de los ángeles y Miguel combatió con mi padre, con resultados adversos que aún se notaban. Aparecí frente a él.

—Oye, no te dejes llevar por ello, es pasado. Me miró furioso, aunque desde antes sabía que vendría una reacción como esta, pero yo solo venía a ayudarle.

—Solo quiero ayudar, no te molestes. Pretende que no soy yo. Me acerqué un poco más antes de rogarle ayuda a Dios y sacarme la insignia de los demonios del cuello y ofrecérsela.

—Paz Miguel, paz. Se que era tu obligación matar a mi padre, pero esto significa dar un paso adelante. Me miró curioso y todavía molesto, le puse la insignia en el cuello con mis poderes, le sonreí con tranquilidad.

—Todos somos iguales, siendo lo que sea que seamos, a pesar de nuestras decisiones diferentes. Volvió a mirarme y a la insignia algo asqueado, saqué una de mis plumas para cada color de mis alas, una blanca por los ángeles, una negra por los demonios juntas significaban unidad. Se las puse en la palma de la mano aguardando por su reacción.

—Todas son decisiones, pero seguimos siendo iguales. Abrí las alas.

—Y eso lo sé muy bien, solo debes dejar ir el dolor Miguel, puedes ser feliz, a nadie has fallado. Su coraza caía frente a mí y luego sus rodillas, se estaba dejando ver como en realidad era: un ángel dolido desde hace eones. Le abracé.

—Te doy las gracias, porque de cierta manera ayudaste a crearme, incluso papá te estaría agradecido. Solo deja ir el dolor, no es fácil lo sé, pero podrás avanzar. Le repetía constantemente, no quería que siguiera su vida con dolor o con resquicios de ello, todos merecíamos una nueva esperanza.

Gruñó muchas veces con todo lo que le repetía, pero cuando menos lo esperé me devolvió el gesto, allí supe que la curación estaba haciendo su efecto.

Se sentía bien cuando me abrazaba, parecía con ganas de quedarse allí cuando le llegó un mensaje de fuego, jadeé al sentir de nuevo un dolor incluso más fuerte en el pecho, su mirada se oscureció al leer el mensaje.

—La misión de Gabriel está en riesgo.


Ayuda.

Desde aquella noche hemos estado entrenando incluso más de lo normal, el entrenamiento había comenzado más apresurado.

Miguel recibió un mensaje de Gabriel, este mensaje era un mensaje de emergencia y todo el cielo estaba en estado de alerta por la posibilidad de que no pudiera regresar, Serafín me contó lo último.

—¡Más fuerte Catharina! Te prohíbo que te detengas. Miguel me alentaba a seguir corriendo y ganarle a Serafín para poder continuar con la siguiente parte del entrenamiento.

Al finalizar el trote nos llamaron para acudir a la actividad especial de todos los años: la búsqueda de los siguientes portadores de las espadas sagradas. La leyenda dictaba que en la época de la guerra entre ángeles y caídos (mejor llamados demonios) dos humanos, un hombre y una mujer portaron las espadas sagradas Excalibur y Durandal para ayudar a desterrar a millones de demonios al infierno, pero desde que ellos murieron, las espadas quedaron a la espera, nadie podía usarlas así fuese cualquier ángel.

Aburrida esperé mi turno, no me interesaba mucho el ritual, si estas ya no podían ser usadas ¿para qué? Era más una muestra del honor de esta pareja y pensaba podía ser de otra manera.

—Alighieri, tu turno. Pasé frente a la piedra en donde estaban clavadas ambas espadas y me preparé para poner ambas manos en los mangos de cada una, antes de hacerlo estas salieron volando hacia mis manos y me tumbaron al suelo ante la mirada asombrada de todos, era extraño que yo siendo una híbrida pudiera sacar las espadas de un par de humanos. Me levanté y me senté de nuevo agitada sin decir palabra.

—Esto tiene que ser un milagro o fuiste creada para ello. Observé a los cuatro instructores estupefacta, no me esperaba que las espadas me escogiesen a mí, teniendo en cuenta que poseía una parte demoniaca poderosa. Esto debía ser una broma.

—Catharina, debemos hablar contigo.

Fue lo que dijeron luego de un largo silencio en la habitación, parecía que esto era serio, pero yo no tenía mucha idea de porqué. 

Me llevaron a la sala del consejo angelical, me sentaron delante de todos con sus miradas escrutadoras, esto me ponía nerviosa además de sentir la molestia que algunos tenían, Miguel tomó la palabra.

—Es maravilloso y extraño que seas tú la escogida, eso nos lleva a cuestionar si no hubo alguna treta.

¿Yo? Su acusación fuera de los límites me hacía sentir asqueada, furiosa y confundida, les dediqué una mirada gélida.

—Puede que todavía tengan sus reservas conmigo, pero señores les aseguro que yo no he hecho nada, si no me creen pueden buscar algo de magia en mi cuerpo reciente, no la hay.

Esperé que hicieran sus respectivas pruebas y asintieron sin tener algún crimen por el cual tenerme allí, sus palabras finales con respecto al asunto fueron que tenía que entrenar más y dar cuenta de las espadas. 

Me dejaron volver al lugar donde se llevaba la reunión, no le dije nada a Serafín.

Me señaló con sus ojos antes de sacar un espejo y mostrarme que ahora la mitad de mi rostro tenía a la vista mi parte demoniaca (ojo rojo y alas negras) y la otra a la angelical (ojo claro y alas blancas). La conversación me había afectado de sobremanera y ahora estaba transformada en ambas partes.

La clave para regresar a la normalidad era la calma, cerré los ojos y no dejé ceder al descontrol por un rato, hasta que Miguel me llamó.

—Hora de iniciar el entrenamiento especial.

Le pedí a Serafín que em acompañara, las espadas se guardaron en mi cinturón rápidamente, le seguí el paso a mi maestro hasta el prado más alejado de la ciudadela, me dejé caer en el prado mientras la lección iniciaba.

—Debes concentrarte en que tienes las espadas, si dudas de que te pertenecen te harán más daño del que has pensado.

No parecía difícil, me levanté y lo intenté varias veces, la primera vez con ninguna lo logré y un rayo me cayó encima, me enojé un poco, volví a intentarlo y pude con Durandal, pero no con Excalibur, de nuevo y ahora al revés.

—Algo así.

Lo seguí intentando hasta acabar derrotada en el prado y molesta, Serafín trató de que me calmara y a Miguel se le iluminó la mirada.

—Lo haces fatal, no entiendo como las espadas fallaron en elegir a una portadora tan patética.

Apreté los puños y le miré furiosa, no cedería al caos que se formaba y menos dejaría que me tratara como quisiera.

—Mírate, una estúpida híbrida que no puede manejar espadas, tu padre lo hacía perfectamente, lástima que crió una hija blanda. No mereces ser su hija.

Serafín apenas susurró cuando me levanté furiosa en su dirección y tomaba ambas espadas, furiosa, dejé que mi aura demoniaca saliera con fuerza hacia él y me lancé a darle con las espadas a ciegas.

—Nunca te atrevas a decirme algo si no me conoces. Mi nombre es Catharina Lucibelle Alighieri Lucifer, tengo 15 años y me has hecho enfurecer. Muérete.

Con aquella declaración dejé que mi aura se ampliara y le di buenos golpes, comencé a guiarlo hasta el rincón mientras susurraba el poder más fuerte que tenía y se desplazó por medio de las espadas.

Estrella de la destrucción matutina.

Todo a su alrededor se destrozó menos Miguel y Serafín, caí agotada antes de escuchar a mi maestro.

—Esto era lo que necesitabas, el impulso para poder sacar tu potencial, eres de las explosivas, me gusta.

Todo estaba bien al parecer.

  

El entrenamiento era una jodida mierda, estaba exhausta. Luego de una semana adaptándome a las espadas y al estilo de lucha de estas ahora todo era explotar y explotar mis poderes hasta poder usarlos juntos y ayudar. Mi maestro estaba muy pendiente para poder enviarme al mundo humano junto a los demás, necesitaban a todo el ejército y por lo que sabía ya hasta papá conocía de lo que pasó, esto sería duro.

—Ya es hora de que vayas con ellos Cath. No puedes quedarte por mí todo el rato.

Serafín volvía a insistirme, no quería matar a parte de los míos así ellos hubiesen hecho daño, no tenían la culpa, bueno si estaban siendo controlados no, suspiré.

—Ten un comunicador, un portaalitas, tu perrocicleta, las espadas, ve con ellos.

Y Me besó.

 
 
 

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