Profecía futura
- Laura Katalina Cortés Salazar

- 18 ene 2023
- 7 Min. de lectura
—¿Cuándo acabará esta maldita mierda?
La voz chillona de una mujer retumbaba en los pasillos de aquel palacio hecho en piedra caliza que parecía estarse cayendo a pedazos con cada paso que se diera dentro de este.
Los pasos suaves y anodinos de la mujer solo alertaron a los demás demonios que habitaban el ala este por el cual estaba pasando, apenas salieron de sus habitaciones haciendo una leve reverencia y alistando sus labios para besar el dorso de la mano de aquella mujer.
El primero fue un niño, de cabellos tan blancos cómo la luna misma que no pudo decir nada, solo la observó una vez le dejó aquella marca de pleitesía sobre su mano; tenía el cabello negro cómo el ébano, unos labios rojos cómo la sangre, una tez muy clara y unos ojos negros, al igual que un cuerpo esbelto, sensual, con dos grandes pechos turgentes que se bamboleaban de arriba a abajo cuando caminaba y parecían quererse salir del vestido ceñido que destacaba su alta figura, pero que ahora estaba adornado por un vientre abultado, algo extraño. Ella no se dignó en decirles nada, solo continuó con su ceremonia hasta que uno de ellos se atrevió a hablarle…
—Su majestad, ¿Ya cuánto tiempo queda para que nazca su…?
No sé atrevió a decir más nada, no sabía cómo llamarlo, no estaba permitido saber si sería un niño o una niña, menos porque se había efectuado ese milagro proveniente de la madre de todos los demonios y del rey de los ángeles caídos.
—No debería importarte, hijo mío, sólo céntrate en tus asuntos, ¿Acaso estás buscando un castigo de tu madre?
El pequeño tembloroso se alejó, dejándole espacio a los otros demonios para que pudieran continuar con la ceremonia, no quería hacer enfadar a su madre, los castigos de aquella demoníaca mujer despertaban los más grandes temores de cualquier demonio, fuese grande o chico.
La mujer llamada Lilith continúo su camino una vez acabado la ceremonia, no se sentía bien y lo odiaba con todas sus fuerzas, al igual que al maldito ser que estaba usando su poder y atraía a cualquiera, llamando la atención, pero no hacia ella sino a ese extraño ser que se formaba en su interior.
—Maldita la hora en que decidí meterme de nuevo en la habitación de Lucifer, esto no tuvo que suceder.
Refunfuñaba, lo peor del caso es que no pudo hacer nada para deshacerse del producto, cuánto hubo que hacer salió mal.
A veces sentía dolores profundos en el vientre, pero siempre los ignoraba, ya no era la humana cualquiera que debía hacer caso a necesidad estúpidas las cuales le hicieran desfallecer, cómo alguna vez sucedió en medio del mar rojo, era un demonio, un súcubo, la lujuria encarnada en persona.
—Te odio tanto… no eres de utilidad, no serás Krest, incluso el me sirve, pero otro hijo de Lucifer, ¿Estás consciente de todo el odio que te tendrán?
Mencionaba en voz alta al sentir a la criatura agitarse en su vientre, acrecentando el asco y la repulsión por este mismo.
Las horas estaban contadas para el solsticio de otoño en el cual los demonios demostrarían su poderío en la tierra, pero aún faltaba algo, la inquietud era reflejada en quienes no lograban atravesar la puerta al otro mundo, tampoco tenían el poder que tanto ansiaban.
Al darse cuenta de lo que sucedía, tuvo que emprender el rumbo hacia la recámara del palacio en el que un hombre desnudo con el cabello rubio cenizo y ojos avellanas descansaba en compañía de varias demonias, de nuevo parecía haber estado en una orgía. Tuvo que carraspear y dar un fuerte pisotón para que este le prestara atención, apenas sonriendo complacido.
—Veo que no te has resistido y vienes a nosotros, Lil. Siempre tienes espacio en mi cama, mi reina.
Su respuesta fue rápida, le lanzó un zapato a la cabeza, que dió en el blanco y este tuvo que salir de la cama mientras que dejaba a sus acompañantes dormidas, la siguió sin importarle mucho el estar desnudo y se plantó frente a ella quien apenas le llegaba al hombro.
—Tenemos un maldito problema y tu solo piensas en continuar con tu estirpe, ¿Acaso eres tonto? Hoy es la noche, tu maldita noche donde más adoraciones tienes, haz algo, no pueden cruzar.
Lucifer apenas se inmutó, era grave lo que sucedía, pero ver a su mujer enfurruñada le daba vida, la hacía ver como la conoció hacía demasiado tiempo y lo adoraba, aunque bien sabía que nunca volvería a ser la inocente que conoció en aquel mar cubierto de sangre.
—Bueno, tu eres quien sabe como hacer estas cosas, mujer. Ve tú, quien sabe hasta te deshagas de esa cosa que tanto odias.
Con eso le abrió un portal, la llevaría a las ruinas en uno de los bosques más profundos y oscuros en la tierra humana, Lilith no tuvo tiempo de decir más nada, antes de ser transportada al centro de aquel lugar, donde se ejecutó la pelea entre ángeles y ángeles caídos hacía demasiadas lunas atrás.
Se colocó en el centro, a su alrededor apenas podía vislumbrarse dos columnas erigidas con una gema en el centro de un color opaco, vinotinto. Lilith no lo dudó y la tomó entre sus manos comenzando a tararear la danza de las serpientes, el animal predilecto que traería consigo la agonía para el mundo y sería disparada por los aires, la tierra, reptando como parte de su destino cómo el inicio de los siglos.
—lumina caelo delapsa in tenebras vertuntur; intendite vocationem meam et in nomine inferni diffusa est per omnem terram et vivificate omnia quae in vobis sunt ficta
Apenas logró decir la última frase, cayó de rodillas presa de un dolor insoportable que jamás había sentido en sus más de mil años de vida, sentía que su cuerpo ardía, quemaba todo dentro de sí, al igual que se hinchaba, pero lo peor del caso, fue ver como la gema se estaba fragmentando lentamente.
Intentó alcanzarla parándose mientras hacía un gran esfuerzo, pero los dolores se hicieron aún más fuertes, la paralizaron cayendo sobre su espalda, se sentía a punto de explotar.
Estaba a punto de anochecer, pero hubo un cambio, el fulgor del sol se hizo más fuerte y ya no era noche, al igual que la gema ya no existía, estalló en Miles de pedazos.
Su piel comenzó a desgarrarse mientras el fulgor aumentaba a la par de su cuerpo iban brotando varios capullos de flores que no podía reconocer también encendidas, cómo si la luz del sol se hubiese transmitido a ellas, parte de algo que no comprendía.
Un alarido brotó de lo más profundo de su ser y la carne se abrió dando paso a aquello que alguna vez quiso sacar de su vientre, mientras la luna se posicionaba sobre el sol y alumbraba el lugar.
Los capullos brotaron, dejando una extraña fragancia, dulce y amarga a la vez, una mezcla que embriagaba sus sentidos, la adormecía, la hacía reír, la enfadaba, todo al mismo tiempo y no podía hacer nada contra ella, solo observar como se convertían en las rosas más exquisitas nunca antes vistas, de color cómo el atardecer, que prontamente se encendieron en el fuego más abrasador que pudo conocer y se llenó de miedo.
Una nueva vida se abría paso por su cuerpo hasta lograr salir con lentitud, arrancando el dolor que tenía dentro, pero que fue arrastrando consigo mismo algo más y lo notó, su cabello ya no era negro.
Volvía a ser de un rojizo sangre.
Luchó contra este cómo pudo, pero a cada segundo su poder se iba agotando, gritaba, rogaba que no le quitara aquello que la hacía ser quien era, pero no iba a ser escuchada.
Aquel extraño ser nació de su interior soltando un llanto agudo, cómo el cantar de un ángel, cayó al suelo sobre las rosas con suavidad mientras ella se sentía vacía.
Ya no poseía aquel poder que alguna vez codició y se le fue concedido al mezclarse con el primer caído del cielo en el mar rojo, no, apenas era una sombra de lo que alguna vez fue.
—Siempre tuve razón, no servirías para nada, engendro del diablo.
Ni el llanto del bebé a sus pies le hizo sentir bien, ella jamás accedió a tener un hijo de nuevo o a darle amor a su manera cómo con los otros, peor aún, a destrozar la conexión entre infierno y tierra por ese maldito engendro.
Apenas pudo sentarse lo observó, dándose cuenta de que era una niña con una leve marca de un sol y la luna juntos y un rosa a su alrededor ubicada en la frente que desapareció nada más. La tocó con repulsión y una imagen llenó su cabeza.
Una mujer más alta que ella de cabellos castaños que relucían plateados y un par de ojos rojos la miraban de reojo, amenazantes, antes de darle un golpe final y acabar con su cuerpo desprendido de su cabeza en la tierra, cubierta de sangre negra y viscosa.
Se apartó horrorizada, tenía que morir, si esa era la única cosa que debía hacer, pero otra imagen volvió a su cabeza donde la volvía a ver, pero esta vez ataviada se dorado antes de enfrentarse a una figura que todos conocían, Ares.
No, esto era imposible.
De su ser no podría haber nacido tal ser, tal monstruo.
Se levantó, cuánto antes pudiera asesinarla sería mejor para todos, ya no debía existir ese ser, su existencia era la perdición de todos.
Tomó uno de los pedazos de las rocas en el lugar con la poca fuerza que tenía, se dispuso a lanzarla cuando un brazo la detuvo y otro cabello similar al suyo se arrodilló frente a la niña.
—Madre, no te dejaré que lo hagas. No vas a matar a mi hermana.
No pensó alguna vez que su propio hijo la desafiara, pero este ahora la miraba furibundo, sus ojos azules profundos la amenazaban mientras Lucifer la tenía agarrada con fuerza.
—No le harás daño a mi hija, he dicho.
El joven de cabellos rojos tomó a la bebé entre sus brazos y comenzó a llorar por un largo rato hasta que se halló segura y caliente.
Ahora la gran pregunta que pululaba el aire era qué hacer con aquella niña, nadie sabía como cuidar de ella siendo tan extraña y tan especial.
¿Alguien podría amarla?







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